Bacurau, la rebelión con imaginario renovado

Si en una lectura de reseñas de películas alguien preguntara de qué año es aquel film que relata la opresión del imperialismo norteamericano a un pueblo del nordeste brasileño, y que cuenta con la ayuda de las clases dominantes locales para imponer su dominación, pero una rebelión popular los enfrenta, seguramente las respuestas pensarían en títulos de las décadas del ‘60 y ‘70, algún ejemplo de esa vasta producción del Nuevo Cine Latinoamericano, comprometido y político, que buscaba unir la denuncia en forma y contenido.

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Pero Bacurau, el reciente film de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles que sigue estas mismas coordenadas, es de 2019. En mayo de este año obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y en los próximos días se estrena en Argentina. Los tiempos están cambiando y el cine lo sabe. El contexto de desarrollo y estreno de la película transita por la era Trump y sus bravuconadas, centralmente en la época de su realización; la asunción de Bolsonaro con su especial ataque al cine, que si bien es posterior al rodaje, los directores captan de alguna manera lo que se está gestando, y la nueva oleada de luchas que recorre el mundo al momento de su estreno, con fuerte presencia en Latinoamérica.

La película es parte también de una creciente producción de films críticos del vecino país, que localmente solo podemos acceder a través de ciclos y festivales. Documentales como Bixa Travesty, reivindicando con fuerza la libertad sexual y la diversidad en medio del nuevo oscurantismo, Espero tua (re)volta, que retrata los jóvenes protagonistas de las luchas en la última década, Arabia, una hermosa ficción basada en los relatos de vida de un joven obrero, la obra de Adirley Queiros, entre otras, son ejemplos de esta tendencia. El mismo Kleber Mendonça Filho dirigió los films Sonidos Vecinos, que expresa el malestar por la desigualdad en años de gobierno del PT y Aquarius, con una crítica a la lógica mercantilista del negocio inmobiliario contra la experiencia humana. Su nueva producción irrumpe entonces en este renovado imaginario, con una historia y un lenguaje narrativo que dialoga con el presente. Su forma se apropia de múltiples afluentes, y así diversos géneros habitan las escenas.

Bacurau, un pueblo del nordeste brasileño ha sido literalmente “borrado” del mapa. Sus habitantes, que sí existen y lo habitan, ya no pueden encontrarlo en Google Maps ni en otras redes. Mientras los políticos locales se han encargado de saquear sus recursos y dejarlos sin agua, invasores norteamericanos los acechan. Tan solo su memoria, su vida diaria y su historia de lucha podrán afirmar que la realidad se impone a los deseos del poder.

Una tensión creciente va presentando a los integrantes del elenco. El pueblo será un protagonista colectivo con múltiples individualidades que aportan a su desarrollo. Teresa, la joven que regresa al pueblo, sus amigos y familia, la médica que interpreta Sonia Braga, Lunga, un joven perseguido que regresa para encabezar la resistencia, todos como parte de un grupo humano que debe unirse para encontrar una salida. Sus costumbres, su música, su cultura, están presentes y retoman parte de un imaginario de la filmografía brasileña. Las cámaras de Glauber Rocha apuntaron a los mismos escenarios, los mismos pueblos, y en ese sentido surgen puntos de encuentro.

Los traidores y cómplices locales tienen un lugar importante. Representados por Tony Jr., el gobernador de Serra Verde, responsable del abandono y saqueo, y en campaña política permanente, como también por los colaboradores nacionales de los atacantes. Caracteres todos que son tratados con sátira e ironía.

El grupo de invasores norteamericanos está integrado por ex marines, gente común criada con la necesidad de disparar armas, fascistas de corazón, aventureros cultivados en horas de películas de acción contra malditos extranjeros, caza terroristas, y otros tantos. Su acción se desarrolla a través de estereotipos de films bélicos con rasgos de comedia, western o invasiones alienígenas.

Las distintas escenas de la película combinan elementos de diferentes géneros, tomados de forma original, narrativas populares apropiadas en función de un nuevo contenido extraño y ausente en los formatos esquemáticos. Así por momentos pueden sentirse influencias tan dispares que van desde Glauber Rocha, pasando por westerns, el cine de Carpenter, hasta la violencia al estilo Tarantino. Una combinación que da cuenta de esta gran creación colectiva que es el cine y de la permanente posibilidad de renovar y resignificar los lenguajes escapando de cualquier encasillamiento.

A través del desarrollo de la película aparecen distintos símbolos que se desprenden de la acción. La escena presenta un importante contraste entre el desarrollo tecnológico y el atraso, motos de último modelo transitan por calles polvorientas, profesores dan clases con tablets y las donaciones para la escuela son de libros viejos, un dron de los invasores vuela camuflado como plato volador de una película de los años ´50. Pero la relación del pasado y el presente será también un aporte al resurgir de tradiciones y culturas de lucha. El Museo histórico de Bacurau es presentado desde los primeros minutos, y será recién al final cuando emerja con todo su protagonismo. Al fin de cuentas, en la batalla final, de este pueblo perdido del nordeste brasileño, las fuerzas de la historia están intactas para enfrentar a los enemigos de antaño, aunque estos se empeñen en volver una y otra vez.

La lucha de clases como “género” del cine francés

Con el reciente estreno de la película La guerra silenciosa (En guerre), de Stephan Brizé, vuelve a la pantalla grande un clásico del cine francés: la lucha de clases. Quizá pueda sorprender a algunos estar en una sala y ver escenas de tomas de fábrica, manifestaciones, debates en asambleas y acciones directas contra la patronal, pero en un recorrido por el amplio camino de la cinematografía francesa podemos encontrar un verdadero «género» que ha puesto el foco en este terreno en distintos momentos de la historia.

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La película de Brizé comienza con una frase de Bertolt Brecht «Quien lucha puede perder, pero quien no lucha ya ha perdido», y se sumerge entonces en una batalla dura, difícil, como todas las recientes experiencias de las que se nutre la historia. El cierre de la fábrica Perrin, de la industria automovilística y afiliada a un importante grupo alemán, pretende dejar en la calle a 1.100 trabajadores; la lucha contra este ataque y los debates que genera entre las distintas posturas sindicales será el eje de la película. Vicent Lindon interpreta al personaje de Laurent Amédéo, un sindicalista combativo que peleará hasta las últimas consecuencias. Estrenada en Francia antes del surgimiento del movimiento de los chalecos amarillos, la película se referencia en las luchas de los Conti (Continental), la de Goodyear o la de PSA Aulnay (Peugeot Citroën).

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Estos mismos conflictos fueron registrados en diversos documentales, como Goodyear, la mort en bout de chaine (Good Year 2009), La saga des Conti (Continental 2009), Au prix du gaz (ocupación New Fabris 2009), Liquidation (Good Year Amiens 2009), Grand puits et petits victories (Refinería Total en 2010), On a Grèvé (trabajadoras grupo hotelero 2013). A comienzos de 2016 se estrenó Comme des lions, de Françoise Davisse, sobre el conflicto en PSA Alunay de 2013. Otra producción que tuvo una difusión más amplia en 2016 fue Merci Patrón de François Ruffin, un documental de denuncia, con elementos de comedia y thriller, sobre las consecuencias de la deslocalización fabril. A su vez en los últimos años se realizaron films sobre el movimiento La nuit debout como Paris est une fête – Un film en 18 vagues, de Sylvain George, destacado documentalista que también ha realizado diversos trabajos sobre la temática de los inmigrantes. A comienzos de este año se estrenó Les Petites Mains Invisibles, realizada por el sitio Révolution Permanente, que sigue la lucha de las trabajadoras y trabajadores de limpieza de la empresa Onet, subcontratista del ferrocarril.

Con este panorama se puede ver una importante representación audiovisual de las luchas de trabajadores y trabajadoras que lamentablemente no tienen amplia difusión. La guerra silenciosa, al ser un film de ficción realizado por Stephan Brizé, un director que ya tiene un previo reconocimiento (El precio de un hombre, 2015), logra una distribución internacional que aporta a poner en agenda este cine de la lucha de clases.

En una reciente presentación en Argentina, Brizé comentó que hay un vínculo fuerte entre el movimiento de los chalecos amarillos y lo que se ve en La guerra silenciosa , que es ese sentimiento de ira profunda y también de no soportar más el desdén del que son objeto. Lo que planteó como diferencia es que su película se enmarca dentro del mundo sindical mientras que el movimiento actual no se referencia con ningún sindicato o partido político. A su vez reflexionó sobre el papel de las imágenes de la violencia, en el sentido de cómo lo tratan los medios para desprestigiar un movimiento y cómo él se propuso partir de una imagen de fuerte enfrentamiento para demostrar la historia que hay detrás. “Lo que sucede con esas imágenes de violencia que se ven una y otra vez en todos los canales de televisión, es que justamente son imágenes donde no hay ninguna historia, y ningún pasado, es una imagen totalmente fuera de contexto y eso permite al poder político estigmatizar a los trabajadores diciéndoles con ustedes no se puede negociar, son violentos, hacen disturbios, etc.”. Este tratamiento que dan los medios se vio en distintos conflictos obreros y se repite con los chalecos amarillos es puesto en cuestión en la película: “Lo que hice fue usar la ficción para poder explicar un momento así de exceso que sucede, porque cuando veo esas imágenes que no explican nada pienso ¿qué pasó? ¿Qué sucedió?… Hay todo una historia, algo que se inscribió en un tiempo largo que no lo están contando, y quiero usar la ficción para poder explicar todo ese tiempo”.

Imágenes que vuelven

Esta tradición del cine francés encuentra sus antecedentes en distintos momentos históricos. Acompañando cada ascenso en la lucha de clases la producción audiovisual se vio transformada y renovada.

Desde los primeros pasos del cine que se dieron en Francia, los hermanos Lumière filmaron a las trabajadoras saliendo de la fábrica, esta unión del cine con la clase obrera seguirá hasta los tiempos actuales. En los años ´30, cuando las huelgas generales se extendían, se desarrollaba un ascenso del movimiento obrero y surgía el Frente Popular, surgen una serie de producciones realizadas por la cooperativa Ciné-Liberté que registran este momento desde la óptica del Partido Comunista y la CGT. Ficciones, documentales, noticias que acompañan la reconocida La vie est a nous, trabajo colectivo coordinado por Jean Renoir para las elecciones parlamentarias de 1936. Son producciones anónimas y colectivas que rescatan distintos momentos de este período.

En los años siguientes continúan las producciones ligadas a las organizaciones sindicales, La gran lucha de los mineros, de 1948, es una realización colectiva que registra las condiciones de vida, la importante lucha y la represión. El cineasta René Vautier, militante en la resistencia, realiza en 1950 su primera película, Afrique 50, un encargo de la Liga de la Enseñanza para promover la educación en las colonias, que en el proceso de rodaje se convirtió en una profunda denuncia y en la primer película anticolonialista francesa, por la que el Vautier fue condenado y encarcelado hasta junio de 1952.

La vie est a nous, 1936 y La gran lucha de los mineros, 1948.

En la misma época se desarrollaba un movimiento que renovaría el cine y tendría una influencia mundial, la Nouvelle Vague, con sus obras y su crítica a través de Cahiers du Cinema. Esta experiencia que surge del cuestionamiento de las reglas de la cinematografía tradicional será también el semillero de una nueva generación de cineastas que al calor del Mayo del 68 se sumarán a un cine fusionado a la movilización.

La experiencia mundial del 68 cinematográfico que vio surgir una oleada de cine militante alrededor de todo el mundo tiene en Francia uno de los epicentros. Uno de sus principales referentes, Jean Luc Godard, planteó en esos años: “Los obreros hablan mucho entre sí, pero ¿dónde están sus palabras? Ni en los diarios, ni en las películas, están las palabras de las gentes que constituyen el 80 % de la humanidad… Por eso no quiero pertenecer a la minoría que habla, y habla todo el tiempo, o a la que hace cine, sino que quiero que mi lenguaje exprese ese 80 %. Y es por eso que no quiero hacer cine con gente del cine, sino con gentes que componen la gran mayoría”.

La enorme producción que tuvo lugar en esos años se vio beneficiada por el advenimiento de nuevas tecnologías más livianas que permitieron un extenso registro directo de los acontecimientos. Se realizaron noticieros en forma colectiva como los Cinetracts, documentales de las luchas obreras y estudiantiles, cortos y películas de ficción. Se destacaron también la creación de colectivos como el grupo Dziga Vertov coordinado por Godard y los grupos Medvedkine impulsados por Chris Marker. El conjunto de la profesión cinematográfica, técnicos, directores, estudiantes, se organizó en los Estados Generales del Cine para pensar un programa de transformación de la industria en un sentido contrario a las leyes del mercado.

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En esos tiempos, el cine de la lucha de clases fue el centro, y luego del desvío de este movimiento, continuó la producción en esta sintonía por algún tiempo. En 1973 Jean Luc Godard estrena Tout va bien, una ficción realizada en una fábrica ocupada, los grupos Medvekine siguen produciendo y en 1974 se estrena Con la sangre de los otros, una profunda denuncia a la explotación capitalista expresada centralmente en los ritmos agobiantes de trabajo; en esos años también Agnès Varda suma sus producciones desde un punto de vista feminista con Respuesta de mujeres, 1975, y Una canta, la otra no, 1977; en este mismo año Chris Marker presenta su primer versión de El fondo del aire es rojo, con un panorama mundial de estos años revolucionarios.

Fotogramas de Cinetracts del Mayo 68 y Tout va bien, 1973.

Durante los años siguientes, con las derrotas en las luchas y la caída del muro de Berlín, el advenimiento de las ideas del posmodernismo influyeron también en el mundo del cine, que de todos modos mantuvo una producción crítica. Como señala Perry Anderson en su texto “El pensamiento tibio: una mirada sobre la cultura francesa”, hablando de las distintas consecuencias del empobrecimiento cultural e intelectual: “Si el cine francés no ha caído a estos mismos niveles, se debe principalmente al continuo flujo de obras por parte de sus transformadores originales: Godard, Rohmer y Chabrol, están tan activos como cuando comenzaron”. En estos años se destaca Sin techo ni ley, 1985, de Agnés Varda, que pone su mirada en personajes marginales víctimas de este sistema. Como ella misma definió: «Nunca he hecho películas políticas, sencillamente me he mantenido en el lado de los trabajadores y de las mujeres». En este sentido se mantuvieron también otros realizadores que a pesar del bombardeo ideológico del “fin de las ideologías” lograron la continuidad de una producción crítica y cuestionadora. Para 1992 Chris Marker estrena El último bolchevique, un documental sobre Medvedkine en donde relata la experiencia del cineasta en los años revolucionarios y la persecución del stalinismo, en medio de un espectáculo superficial y posmoderno, la película rescata las experiencias para las nuevas generaciones.

La huelga de 1995 que paralizó Francia contra el Plan Juppé fue registrada por decenas de cámaras hogareñas en manos de los propios trabajadores y realizadores independientes dando lugar a diversos documentales. A su vez generó un nuevo posicionamiento de intelectuales en apoyo al movimiento encabezados por el sociólogo Pierre Bourdieu. El mundo del cine también dio cuenta de este impacto. Ya en 1993 con el estreno de Germinal de Claude Berri algunos medios hablaron del retorno del cine social francés. Para 1995 se estrenan La Ceremonia, de Chabrol, un thriller de clase contra clase, y El odio, de Mathieu Kassovitz, que pone en pantalla la realidad de los jóvenes inmigrantes de las banlieus. En 1997 Robert Guedeguian estrena Marius et Jeannette, una muestra de su cine enfocado en personajes de las clases populares, y en 1999 Laurent Cantet logra un amplio reconocimiento internacional con Recursos Humanos. Junto con Bertrand Tavernier en los años siguientes estos directores seguirán produciendo películas que cuestionan diferentes aspectos de este sistema.

Recursos humanos, 1999 y El odio, 1995.

El cine de los chalecos amarillos

Como no podía ser de otra forma, el movimiento de los chalecos amarillos ha llamado la atención de diversos realizadores. En el número de febrero de la revista Cahiers du Cinema se le dedica un dossier llamado “Filmer les gillets jeunes”. Allí se da cuenta distintas producciones en curso. Algunos como Pierres Carles preparan «films de emergencia» con imágenes filmadas por celulares. Otra experiencia realiza Florent Marcie, documentalista y periodista, que filmó en zonas de conflicto como Afganistán, Libia o Chechenia. Estaba realizando un documental sobre la guerra en Siria y la inteligencia artificial, estalló el movimiento y entonces viajó a Francia para registrarlo. Allí fue una de las víctimas de LBD 40 en París. En las páginas de Cahiers expresa: «Lo que pasa en Francia es histórico. Hay que hacer archivos porque no sabemos qué pasará, qué forma tomará el movimiento o los próximos levantamientos… El malestar que hace que el pueblo se subleve es inmenso. Hay una especie de locura furiosa mundial». Se rescata también la experiencia en Youtube de Street Politics, una plataforma de difusión de videos en las manifestaciones que cuenta con algunos fragmentos de los chalecos amarillos que tienen millones de visualizaciones. También se suman Pilles Perret y François Ruffin, (realizador de Merci Patron y diputado por La Francia insumisa), con el documental Yo quiero el sol, una especie de road movie que recorre distintas movilizaciones y espacios de los chalecos amarillos para rescatar sus palabras. En la entrevista de Cahiers, Ruffin cuenta que su condición de diputado no le jugó a favor para entrar en confianza con los manifestantes pero poco a poco pudo romper el hielo. Estas son algunas experiencias que sin duda ya están multiplicadas, y para no quedar por detrás, en los últimos días se conocieron declaraciones de Jean Luc Godard en una entrevista para la TV en donde planteó que se propone hacer una película sobre los chalecos amarillos.

Tapa de dossier revista Cahiers du cinema de febrero 2019.

Las imágenes de La guerra silenciosa de Stephan Brizé, recientemente estrenada en nuestro país, se nutren de toda esta tradición, filmación de asambleas con cámara en mano, actores no profesionales, utilización de archivo documental como inspiración, debate político y sindical, y aporta también los rostros actuales y las palabras de quienes construyen y hacen mover el mundo

Imaginemos por un momento un montaje de imágenes: desde la fábrica de los hermanos Lumière hasta los chalecos amarillos, sumemos la gran representación de La Comuna por el cineasta inglés Peter Watkins, documental y ficción, en color y blanco y negro, con narrativa clásica y de vanguardia, personajes y protagonistas de todos los tiempos, trabajadores y trabajadoras, con sus historias personales y colectivas, con sus triunfos y derrotas. Son los protagonistas de la historia, del presente y del futuro. La secuencia es hermosa e inagotable.

Godard 2018: el cine sigue pensando

Con sus 87 años, el cineasta Jean Luc Godard estrenó este año un nuevo film en el Festival de Cannes, Le livre d’images (El libro de imágenes).

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Se cumplían 50 años de aquella irrupción junto a Truffaut, Malle y otros reconocidos cineastas que al calor del Mayo francés habían suspendido las funciones de este famoso Festival. En ese momento convirtieron las funciones de gala en asambleas y lograron que el público y los artistas se solidaricen con la lucha obrero estudiantil.

Este año, en una distinta situación, Godard decidió acompañar su película con una presencia algo particular: su conferencia de prensa y charla con el público fue a través de una conexión vía Face Time. Con el teléfono celular sostenido por su productor dialogó durante 40 minutos con la prensa especializada de todo el mundo, que para acercarle alguna pregunta debían hacer una fila hasta llegar al parlante del teléfono. Además recibió a la distancia una Palma de Oro especial destacado por el jurado por «ser un artista que ha hecho avanzar el cine, que ha sobrepasado los límites y que busca redefinir esos límites».

Godard participó de Cannes desde su refugio en Suiza, una casa en donde se recluye y trabaja –en este mismo lugar, poco tiempo atrás, no le abrió las puertas a su vieja amiga Agnès Varda, a quien dejó plantada negándose a ser registrado para su documental Visages Villages–.

Según las distintas reseñas, Le livre d’images es un collage poético al estilo de su gran producción Histories du cinema. A través del montaje de múltiples fragmentos de películas de ficción, documentales, noticieros, imágenes de internet, fotos, pinturas, música, poesías, junto a una reflexión personal, la película aborda la historia del siglo XX y la relación de Europa con el mundo árabe. Un libro compuesto de imágenes que citan múltiples producciones artísticas, una verdadera producción colectiva de la creatividad humana combinada a través de la selección, retoques y combinación de Jean Luc Godard. La forma da continuidad y profundiza experiencias previas de su filmografía como también la temática. La relación de Europa con el mundo árabe, la situación de los inmigrantes, las políticas colonialistas también fueron tratadas en otros de sus films como Ici et ailleurs rodado en Palestina en 1976 junto al Grupo Dziga Vertov.

Como es costumbre, su película despertó diversas críticas y polémicas. Desde la «corrección cinéfila» que festeja cada nueva producción sin cuestionamientos, hasta publicaciones que consideran su obra cada vez más autorreferencial o críptica. Es que el cine de Godard no puede pensarse con los mismos parámetros que acostumbran cotidianamente las retinas. Ni las divisiones de ficción / documental, los géneros o las reglas del lenguaje son las mismas.

Su producción audiovisual es muy amplia e incluye cortometrajes, programas de TV, largometrajes de ficción, documental, cine militante, ensayos, realizaciones colectivas y múltiples experimentos. En cada etapa de su trabajo también ha planteado sus puntos de vista sobre el lenguaje audiovisual a través de entrevistas, escritos, notas periodísticas, charlas, clases públicas o ensayos. Recorrer algunas de estas reflexiones aporta para conocer sus ideas y sumergirse en su propuesta audiovisual.

Tomando en cuenta la importancia que las «citas» tienen en sus producciones, mientras esperamos el estreno de Le livre d’images, nos encargamos ahora de citar a Godard, para conocer sus ideas sobre distintas temáticas y retomar sus cuestionamientos. En el libro Jean Luc Godard. Pensar entre imágenes, se reúnen sus palabras a través de un recorrido de 50 años en distintos medios y formatos.

Tiene que ver con el gusto por la cita que siempre he tenido. ¿Por qué reprochárnoslo? La gente, en la vida diaria, cita lo que le apetece. Así que nosotros tenemos derecho a citar lo que nos gusta… Si a uno le apetece decir una cosa no hay más que una solución: decirla (1962).

Sobre la televisión

Godard presencia muchos cambios tecnológicos, entre ellos la aparición de nuevas tecnologías livianas que permitieron experimentar otras formas del lenguaje como las impulsadas por la Nouvelle Vague, y también el desarrollo de la televisión, como tecnología y como lenguaje. Sobre esto último ha planteado reflexiones muy críticas correspondientes a distintos momentos.

La televisión es el Estado; el Estado son los funcionarios, y los funcionarios… son lo contrario de la televisión. Es decir, lo contrario de lo que debería ser… La televisión no es un medio de expresión. La prueba está en que, cuanto más idiota es, más fascinante resulta y más fascinada se queda la gente en su sillón. Eso es la televisión, pero podemos esperar que cambie… No hay que considerarla como un medio de expresión, sino de trasmisión. Hay que tomarla, tal y como es… (1962).

Estas primeras reflexiones de los años 1960-62 se dan en un contexto en el que hay un gran crecimiento del medio en Francia. De 1,9 millones de aparatos receptores en 1960, se da un salto a 9,5 millones en 1964. Por otro lado, la TV francesa estaba monopolizada por el poder político, algunos analistas comentaban: “el poder gaullista es el poder personal más el monopolio de la televisión”.

En los años ´80, el desarrollo de la televisión representaba para Godard una amenaza para el cine.

El cine, que intentó ser un arte en la medida en que intentó ser una industria, fue interrogado por la televisión como un servicio secreto interroga a un espía del campo enemigo. Para darle vuelta… La televisión es nuestro propietario, nuestro dueño, nuestro príncipe… Somos campesinos, y tenemos que entregar la cosecha al príncipe… Es alarmante.

El cine no tiene más que proyectos y la televisión no tiene más que rechazos. La tele escupe, suda, vomita. El cine abre, muestra, acoge. Proyecta (1987).

Ahora es la televisión la que hace la cultura… Hay un hambre demente de cultura que no ha sido saciada y que se ha visto apropiada por la televisión… La televisión fabrica olvidos, mientras que el cine fabricaba recuerdos. ¿Por qué quieren olvidar? Se han hecho muchas bromas al respecto, pero lo podemos ver: el futuro del cine era la televisión» (1990).

Todas nuestras desgracias derivan del hecho de que, muy rápidamente, se rechazó que el cine estuviera hecho para pensar. Y, de este rechazo, nació la televisión (1995).

En la tele, se ve muy bien qué es la democracia: están los ciudadanos, mudos; están los nobles o los parlamentarios o el gobierno, en torno a una mesa; y después hay un animador. Eso es la democracia. Es una imagen (2004).

Una imagen imperialista

La crítica al imperialismo está presente en muchas de sus películas, tanto en las temáticas como en el cuestionamiento de las formas. También esta crítica recorre sus reflexiones.

Desde la invención de la fotografía, el imperialismo ha hecho películas para impedir que las hicieran aquellos a los que oprimía. Ha creado imágenes para disfrazar la realidad ante las masas oprimidas. Nuestra tarea es destruir esas imágenes y aprender a construir otras, más sencillas, para servir al pueblo, y para que el pueblo, a su vez, se sirva de ellas (1971).

Los americanos invadieron el mundo con el cine, después se han dedicado a invadir de una manera más o menos amistosa con otros procedimientos. Actualmente, son ellos los que cuentan la guerra de Vietnam, y no los chinos, ni los vietnamitas. También la guerra de 1914 la contaron sobre todo los americanos (1997).

Siempre nos han reprochado «no explicáis ninguna historia». Solo América dice que una historia ha de tener un principio, nudo y desenlace, y que, además, ese final tiene que ser feliz (1999).

Evidentemente, no es azaroso que el cine americano pueda invadirlo todo, es el caballo de Troya de los Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial. En cierto modo, es el cine americano el que ha ido a Irak. Como hemos podido ver en la televisión (2004).

Cine y política

Godard cuestiona el capitalismo a través de formas y contenidos, impulsando distintas experiencias colectivas e individuales. En este camino retoma experiencias del cine en los momentos de revolución.

El cine está encarcelado… El capital, a través de sus diversas formas controla y asfixia el cine. Hay una estructura convencional y mecánica, un clasismo profesional… (1968).

Grupo Dziga Vertov: este nombre significa que estamos intentando, aunque solo seamos dos o tres, trabajar como un grupo. No simplemente trabajar como colegas, sino como un grupo político. Lo que significa combatir, luchar en Francia. Estar implicado en la lucha significa que debemos luchar a través de las películas… Un grupo no solo significa ir individualmente uno al lado de otro por el mismo camino, sino caminar juntos políticamente… Yo era un cineasta burgués, y después un cineasta progresista, y después ya no fui un cineasta, sino simplemente un trabajador del cine (1970).

Del montaje se ha hablado mucho sobre todo en las épocas de cambios. En el siglo XX, el mayor cambio ha sido el paso del Imperio ruso a la URSS: es lógico que los rusos hayan sido los que más han progresado en esta búsqueda, simplemente porque, con la Revolución, la sociedad misma estaba haciendo el montaje del antes con el después (1992).

Creo que el montaje es la figura soñada por el cine y por el pensamiento, de la que el cine debería haber sido heredero (1997).

Es una idea del arte bastante clásica la que afirma que la obra es más importante que el hombre. Esto es lo que llamamos «política de autores» y no se entendió bien. La palabra importante era «política» y no el autor en sí mismo. Soy el autor de una obra, pero es la obra la que cuenta (1995).

Un instrumento para pensar

Godard va construyendo su propia idea de la función del cine a lo largo de toda su experiencia. Una reflexión que se va destacando es que el cine es un «instrumento para pensar».

Siempre he pensado que el cine es un instrumento para pensar… Entonces se ve que el cine no ha utilizado más que una pequeña parte de sus facultades. Se han privilegiado los derechos del cine y no los deberes… El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar… Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho este lado espectacular, no constituye más que el 10 o el 15 % de la función del cine: solo debería haber representado el interés del capital. Ahora bien, rápidamente pasaron a servirse del cine solo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron. No soy pesimista: digo simplemente que hay cosas que solo podía hacer el cine –y no la novela, ni la pintura, ni la música– y que no se han hecho (1995).

Rostros y lugares: llevar la imaginación a la vida

El nuevo documental de Agnés Varda y JR, Rostros y lugares, recorre Francia en busca de historias de gente corriente. Se estrena el film de la directora que se enorgullece de «nunca haber rodado historias burguesas».

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La cineasta Agnès Varda, cerca de cumplir sus 90 años, realiza este nuevo documental Rostros y lugares (Visages, villages), junto al joven fotógrafo y artista callejero JR. Como comentan en los comienzos de la película, no entienden «por qué no se conocieron antes». Los caminos previos recorridos por estos dos artistas a quienes separan varias décadas se unen en muchos puntos y se expresan fluidamente en esta película. Agnès Varda, contemporánea al movimiento de la Nouvelle Vague a comienzos de los años 60, fue parte del puntapié inicial de la renovación del cine francés. Salir de los estudios a la calle, encontrar las historias y los actores en la vida, liberar la cámara para poder descubrir con las miradas, no respetar la separación mecánica ficción-documental, denunciar la realidad sin dejar de hacer poesía, buscar la aventura y el heroísmo en la gente común, en los trabajadores, jóvenes y vecinos con quienes se comparte el día a día.

Por su parte JR se volvió reconocido por su trabajo de murales fotográficos callejeros. Fotografías en blanco y negro que después de ampliadas son pegadas en grandes muros en la ciudad a la vista de todos, porque según el mismo dijo «la calle es la galería más grande del mundo». En estas gigantografías pueden verse mujeres, puños de trabajadores en huelga, inmigrantes, y ojos que acompañan movilizaciones.
Coincide en esta dupla de artistas una preocupación común, la de unir el arte y la vida, y en ese acto aportar a transformar el mundo.

Rostros y lugares (Visages, villages) es un documental ambulante y sus herramientas de creación, además de la cámara y equipo de sonido, es una camioneta transformada en un laboratorio fotográfico que actúa como dispositivo central en la construcción de la historia. Se dedican a tomar fotos de personas comunes, obreros, ex mineros, mozas, trabajadoras, campesinos, niños, jóvenes, adultos, todos colaboran posando para que sus rostros sean impresos en gigantografías y formen parte de los collages callejeros. Las reflexiones durante el viaje por las distintas zonas de Francia, y durante el trabajo creativo aportan a conocer estas personas, tanto como los pensamientos y anécdotas de vida de Varda y JR.

Los realizadores están convencidos que cada rostro tiene una historia que merece ser contada y valorada. «No estés triste, ahora somos amigos», le dice Agnès a la última mujer resistente de un barrio minero que quieren demoler y que se emociona al ver su gigantografía en el frente de su casa. En cada parada una nueva historia y en cada mural nuevos descubrimientos y emociones, «lo que más me ha gustado es conocer gente increíble» comenta la directora mientras reflexiona sobre lo que se ve en la pantalla.

Pero no todo serán encuentros, el punto de llegada del viaje planea una cita con el legendario cineasta Jean Luc Godard y su particular intervención se cuela en la construcción final de la película.

El documental tiene tanta frescura que se permite reflexionar sobre sí mismo en registro directo, y ante la pregunta sobre el por qué de esta iniciativa Varda responderá «El propósito es el poder de la imaginación, es decir nos permitimos el derecho de llevar nuestra imaginación a la vida de la gente».

Agnès Varda es una gran cineasta, poco conocida por el público local, su cine es la cara opuesta de la programación semanal de las pantallas nacionales que difunden un 70% producciones de Hollywood. En su carrera no sólo hay destacadas películas sino también una actitud militante con distintas causas sociales y en especial con los derechos de las mujeres. Una canta y la otra no es una de sus películas de los años 70 a favor del derecho al aborto y ella es una de las firmantes del famoso manifiesto de «Las 343 sin vergüenzas», donde ese número de mujeres admiten haber abortado y lo expresan públicamente como forma de lucha.

En 2017 Agnés Varda recibió un Oscar honorífico por su trayectoria, y Rostros y lugares (Visages, villages) fue nominado en 2018 a mejor documental. Muy poco preocupada por no poder asistir a esta ceremonia, la directora envió su foto en una silueta de cartón.

En este contexto, durante una entrevista para El Periódico, y ante la pregunta ¿Si tuviera que destacar algo de su carrera que sería? Ella contestó: «Que nunca he rodado historias burguesas. He preferido dedicarme a retratar estibadores, espigadores, pescadores, ocupas, obreros, gente que no tiene poder. Yo veo a un obrero que dice, “mañana me retiro y siento que estoy al borde de un precipicio”, y eso es muy emotivo. Y siento que a lo largo de mi carrera he tratado de decir a las mujeres: “Salid de las cocinas, haceos con las herramientas para cambiar la sociedad”. Estoy contenta. Antonio Gramsci dijo que cuando se mira el mundo solo se puede ser pesimista, pero cuando se pasa a la acción solo se puede ser optimista. Estoy de acuerdo

En la Argentina actual, es una película recomendada para ver, su espíritu trasciende el país de rodaje e invita a pensar cuántas historias dignas de contarse, cuántas imágenes y vidas que pueden volverse gigantes habitan en los lugares de trabajo, los barrios y los pueblos del país, más grandes que muchas fantasías de las pantallas de tv.

La película se proyecta a partir del jueves 29 de marzo en el Cine Bama, Av. Pres. Roque Sáenz Peña 1145, Caba.

Novecento vuelve al cine

La película Novecento de Bernardo Bertolucci es un verdadero clásico del cine político y social. Cinco horas que recorren la historia de la lucha de clases en Italia, desde 1901 hasta la segunda posguerra.

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La película se estructura a través de la historia de dos personajes: Olmo (Gerard Depardieu), hijo de trabajadores rurales; y Alfredo (Robert De Niro), hijo y nieto de un terrateniente (Burt Lancaster), que nacen el mismo día, el 27 de enero de 1901. Sus vidas recorren los principales acontecimientos políticos y sociales. La explotación de los campesinos y trabajadores y la expansión de las ideas comunistas, la primera guerra mundial y especialmente, el surgimiento del fascismo, ideado y sostenido por los capitalistas. Attila Mellanchini (Donald Sutherland), es un «camisa negra», el personaje encargado de representar a los patrones fascistas. El enfrentamiento entre comunistas y fascistas está presente a lo largo de la historia, como también están sugeridas las críticas a la dirección stalinista que termina desarmando a obreros y campesinos insurrectos.

El surgimiento del fascismo, y los intereses de clase que representa, como también el odio y la resistencia que despierta entre obreros y campesinos influenciados por el Partido Comunista, es el eje principal que desarrolla esta película. En los diálogos de una importante escena se define al fascismo en forma contundente:

«Los fascistas no son como los hongos, que nacen así en una noche, no. Han sido los patronos los que han plantado los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con los fascistas, los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber dónde meter el dinero. Y así inventaron la guerra, y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España,… Pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres.»

Distintas situaciones de la lucha de clases son presentadas en valiosas escenas cinematográficas. La huelga, los esquiroles, la violencia, el partido, la conciencia de clase, el antagonismo, el rol de la mujer en las luchas, entre otros, son elementos que cruzan los distintos momentos de esta película, y que pueden ser narrados a través del humor hasta el drama extremo, pasando por escenas de amor o acción, que como la vida misma son parte de esta gran obra.
Las historias personales y locales se desarrollan con todos sus matices, y el tratamiento creativo logra captar los valores universales a través de los detalles. La historia y los sufrimientos de los obreros y campesinos italianos, es la historia de todos los explotados, eso es capaz de transmitir Bertolucci en una película, que a pesar del paso de los años, conserva una gran actualidad.

La película cuenta con un destacado elenco: Robert De Niro, Gérard Depardieu, Dominique Sanda, Francesca Bertini, Sterling Hayden, Burt Lancaster, Stefania Sandrelli y Donald Sutherland, todos muy jóvenes y en los inicios de su carrera. A su vez cuenta con la famosa música de Enio Morricone y la fotografía de Vittorio Storaro.

En cada uno de estos días, 1 y 2 de septiembre, se proyectará la película en su totalidad, tal como la concibió el director, 250 minutos con un intervalo. Se verá una copia en 35mm conservada por la Fundación Cinemateca Argentina. Habrá funciones a las 14.30 y 19.30 horas.

Para todo aquel que pueda robarle unas horas a la semana laboral es muy recomendable ir a ver en pantalla grande esta importante película. Si no es posible, hay muchas copias online y en DVD para poder disfrutarla.

Algunas escenas de Novecento:

El fascismo

Las mujeres a la cabeza de la lucha

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El Clan, crímenes y taquilla

La última película de Pablo Trapero (Mundo Grúa, Carancho, Leonera, Elefante Blanco) se basa en un caso real, los crímenes y asesinatos protagonizados por la familia Puccio en años 80. Ficción y realidad conquistan la taquilla.

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La publicidad de la última película de Pablo Trapero, El Clan, lleva el slogan «la realidad supera la ficción». En este caso la película hace posible una inmersión en un caso policial famoso de comienzos de los años `80. Detrás de una típica familia de San Isidro, dueña de un local comercial y con hijos que juegan al rugby, se oculta una banda criminal dedicada al secuestro y asesinato. El objetivo es económico, la búsqueda de recompensas millonarias por parte de las adineradas familias de las víctimas.

La acción familiar está a tono con el contexto social. Afuera de la casa de los Puccio, transcurren los últimos meses de la dictadura genocida, responsable de secuestros masivos, desapariciones y asesinatos.Crímenes privados y estatales comparten métodos y entrelazan colaboraciones.

¿Cómo plantear una historia en la que los espectadores conocen su desarrollo y su final? Más allá de quienes no fueron contemporáneos, decenas de notas periodísticas y programas de investigación abordaron estos hechos, entonces ¿Cómo contar una historia que mantenga el suspenso, que atraiga toda la atención?
La ficción de Trapero desarrolla la trama a través de la construcción de los personajes. La narración emerge y crece a través de los distintos movimientos al interior de la familia. El suspenso pasa por descubrir hasta dónde llegará cada uno, cuáles serán sus grados de cinismo y complicidad.

Una mesa servida, el mantel de tela, la clásica discusión entre hermanos, la comida de mamá. Un padre que prende la tele, reza en la mesa, da las indicaciones para todos, barre la vereda, saluda a los vecinos. Una familia normal. Un hombre es llevado en el baúl del auto, encierro, ojos vendados, llamadas extorsivas, disparos, millones de dólares. Es esta misma familia normal. Esta doble realidad de los Puccio es la que moldea la construcción de los personajes de El Clan.

Arquímides y Alejandro son los principales protagonistas, y el clan se completa con Epifanía, la esposa y sus otros cuatro hijos: Guillermo, Maguila, Silvia y Adriana. Todos son parte de un mecanismo de encubrimiento y barbarie. Conscientes, cómplices o confundidos, sólo un hijo logra huír del mandato paterno.

Guillermo Francella se destaca en la interpretación de Arquímedes Puccio, el padre de El clan, el patriarca que dirige el negocio familiar.El personaje está omnipresente para imponer su orientación. Conquista cómplices y logra obediencia perfecta. Tiene lazos con integrantes del gobierno militar y sus bandas afines. Las miradas, los detalles y comentarios dirigidos a cada uno de los integrantes de la familia aportan siempre al mismo fin, «el clan unido como pantalla del horror».

En la trayectoria del famoso actor encontramos distintos «padres de familia», esta interpretación contrasta con todas las anteriores que lo tuvieron como protagonista de tiras cómicas y livianas. Como ya había sucedido en El secreto de sus ojos, en esta ocasión, se puede destacar en otro tipo de papel que valoriza su trabajo como actor.

Peter Lanzani interpreta a Alejandro, el hijo de Arquímides, un personaje complejo, un cómplice con sentimiento de culpa que participa en las operaciones con su padre. El desarrollo de esta relación padre-hijo es un eje central de la película. El actor, conocido por sus papeles en programas para adolescentes, logra una buena interpretación del joven campeón de rugby que esconde una vida de crímenes familiares.

El trailer de difusión de la película presenta una escena central que retrata a la familia. Arquímides Puccio, abraza a su esposa y toma una bandeja con comida recién hecha. Está en pijama y camina por su casa seguido por un gran travelling. Le habla a sus hijos, organiza la vida y camina con la bandeja. Como si todos o nadie supieran hacia donde se dirige, sube las escaleras hasta abrir la puerta de una oscura habitación en donde un joven secuestrado intenta gritar o pedir ayuda. Rodeado del calor familiar, un joven espera su muerte.
Travellings y acciones paralelas son recursos utilizados en la estructura narrativa. Más allá de las valoraciones técnicas, en algunos momentos los montajes alternados se vuelven reiterativos o forzados.

La ambientación de época, está muy bien lograda, sin olvidar que cuenta con un presupuesto millonario. La inversión en éste área, junto a la elección de actores famosos, y un amplio despliegue de publicidad son los factores en donde se asienta este nuevo éxito de taquilla. Otro recurso que busca la empatía del público es la utilización de música de época, en este sentido se tiende a una reiteración de videoclips que no aportan al conjunto de la película.

Al igual que en Relatos Salvajes, muchos secretos detrás del éxito se pueden medir al contado y por millones. Su estreno en 267 pantallas instala esta historia en todos los rincones del país y contrasta con los estrenos de cine independiente a los que se destinan tan sólo 1 o 2 pantallas por película.

La utilización de archivo televisivo aporta al contexto temporal. Trapero retrata el final de la dictadura en la historia de esta familia. Los criminales de estado caen y poco después cae en desgracia el Clan Puccio. Las imágenes de archivo de la democracia coinciden con la caída del clan.

Como toda película es siempre un recorte, si ampliamos la mirada histórica, el caso Puccio es también un ejemplo de lazos entre crimen y estado, que hasta el día de hoy persisten.
Las denuncias de las redes de trata, narcotráfico y múltiples crímenes que actúan con complicidad de fuerzas policiales, intendentes, funcionarios y sectores de la justicia están presentes en las noticias de estos días para recordarlo.

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