Antígona, espíritus en la fábrica

Como parte del ciclo Espíritus en la fábrica, todos los martes de julio continúa en escena Antígona, con la dirección de Juan Manuel Correa, en el C.C. Konex

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Una original puesta de Antígona, versión de Alberto Ure y Elisa Carnelli, con la dirección de Juan Manuel Correa, se puede ver los martes a las 21h en el C.C. Konex (Sarmiento 3131).

El clásico de Sófocles fue representado por primera vez en 442 a.c. y múltiples versiones se han sucedido a lo largo de los siglos. La obra pudo atravesar los más variados idiomas, culturas y contextos históricos, hasta llegar al presente y establecer un diálogo con la sociedad contemporánea.

Las disputas acerca de la idea de justicia, la opresión del poder, de los gobernantes y de los hombres sobre las mujeres, como así también el desafío y la desobediencia a estas normas, son temas que atraviesan la historia humana y que atraviesan Antígona.

“Nuestra Antígona sucede en una fiesta que no cesa. El teatro es una actividad colectiva. Un anhelo de unión trascendental en ese tiempo elegido para “crear” una realidad. Una verdad. Toda práctica de un ritual conlleva la creencia en su eficacia, es decir, se sustenta en una determinada fe…”. Con estas palabras se presenta la actual puesta. El público ingresa a una fiesta electrónica en el interior de una vieja fábrica, el público rodea la escena que puede contemplar desde cualquier ángulo, aquí no hay detrás del telón. Con un destacado trabajo de iluminación y música en vivo avanza la escena dando lugar a un elenco que no descansa nunca, y aporta en calidad desde los principales diálogos, hasta los pequeños detalles de sus movimientos en planos secundarios.

Para conocer más sobre esta obra dialogamos con su director Juan Manuel Correa.

¿Cómo fue el trabajo preparatorio de Antígona?

Juan Manuel Correa: Desde el inicio, pensamos la más antiguas de las representaciones comunitarias: “La fiesta”. La fiesta para nosotros, el elenco todo, pero también para el público, cómo invitar y compartir nuestra celebración con, aquellos que son invitados al rito teatral… a un otro tiempo.
Sófocles, es el poeta mas grande de occidente, ¿de qué manera decimos los textos escritos hace dos mil seiscientos años?, ¿para qué resuenan?, ¿qué cuerpos necesitamos?

Nos preparamos para una fiesta, es por ello que desde los primeros encuentros trabajamos con el compositor y músico en el campo de ensayo. Empezamos con bases de música electrónica industrial, y a hacer los que hacemos en las fiestas: Bailar…Bailar…Bailar

En los ´90 mi generación encontraba felicidad en las fiestas electrónicas, nos sacaba del vacío político y cultural de esos años; fue una especie de trinchera del goce, los ritmos interminables con bases repetitivas y mántricas, nos congregaba. Ahora lo asocio a una especie de rito moderno, y yo entiendo al teatro como un instrumento de aproximación al centro sagrado del hombre, a través del rito.

Algo de ello tomamos en el proceso de investigación para los ensayos, traspasar los límites del cuerpo, y ver que hay mas allá de ello, bucear en la esfera de lo sobrenatural o extra-cotidiano.

En la fiesta hay algo de retorno a instancias de sensorialidad extremas, pues los cuerpos laten y respiran al margen de la voluntad; en la Fiesta, la Fuerzas colectivas son pura potencia de transformación; y el silencio cuando llega es arrollador… De alguna manera nuestro principal anhelo es oír en el silencio, aquello que aún no pudimos escuchar.

Teniendo esto, empezamos: una fiesta donde llega Antígona arrastrando su vestido y con él, su destino trágico, el de su familia.

Se han realizado múltiples versiones de este clásico, ¿cuáles considerás que son los aportes más originales de la actual puesta?

La materialidad del espacio, que antaño fue una famosa fábrica de aceites de Buenos Aires, la cercanía de los cuerpos y la actuación desbordante de energía, por un lado, pero también las formas plásticas de los cuerpos en quietud. El poder conmovedor de la arquitectura de la materia en la escena, es un punto muy fuerte de la puesta.

¿Cómo convocar, hoy al público a ver una obra escrita hace tanto y hecha tantas veces? Mostrar “la tramoya de la escena”, ¿Qué hace el actor cuando no está en foco? ¿Cómo se pre-para antes de su escena más vital?

Mostrar el dispositivo, ver durante toda la obra a todos los actores allí, en la escena y despertar el interrogante, de cuando se actúa y cuando se deja de hacerlo, es un elemento más, que creo que hace que la puesta genere inquietudes, al menos en mí.
En síntesis, creo que el carácter performatico de la puesta, tanto “arriba, como abajo de la escena” hacen de la obra, una experiencia que la aleja de las puestas que hemos visto por estos tiempos, al menos en esta ciudad.

¿Qué puntos de diálogo establece esta Antígona con la realidad actual?

Hace unos días, el caso de una mujer que se presenta a un programa de televisión a contar la tragedia que vivió, cuando encontró muertos a escopetazos, a su padre y a su hermano, en el establo de su casa. En el programa de TV contó sin ningún tipo de gestos superfluos y en actitud serena y sobrenatural, con una voz monocorde, que habían sido unos vecinos mafiosos que vivían en su misma cuadra. Del hecho había pasado un año, y del juicio ni noticias…

Eso no es justicia, dijo, así que un día de estos lo voy a matar, si antes no me matan, ellos a mí.

Para ella, al igual que para Antígona, la muerte no importaba en lo más mínimo…
Cuento esto y pienso en tantas mujeres que siguen con su dolor a cuestas, Marita Verón, los familiares de Luciano Arruga, Las Madres y sus gritos desesperados que lanzan: “¿Donde están?”. Generan aullidos, y seguirán generando hasta tanto los cuerpos, al igual que el cuerpo de Polinices en nuestra obra, tengan sepultura, es decir justicia. El cuerpo trágico, es aquel que sigue sin aparecer.

Antígona
Ficha técnica:

Adaptación y traducción Elisa Carnelli /Alberto Ure.
Dirección, Juan Manuel Correa.

Actúan:
Antigona: María Zubiri
Creonte: Martín Scarfi
Hemon: Mariano Páz
Ismene: Florencia Carreras
Corifeo: Luca Firpo
Guardia: Daniel Kargieman
Euridice: Eugenia Borrelli
Tiresias: Rubeno de León
Coro: Agostina Prato, Natalia Pelayo, Sofía Vilaro

Asistencia de dirección: Laura Bambill
Vestuario: Agostina Prato
Asesoramiento vocal: Carmen Baliero
Asesoramiento coreográfico: Natalia Pelayo
Realización escenográfica: Fabián Crespi
Diseño espacial: Julio Lavallén
Composición musical y música en vivo: Daniel Quintas
Foto: Vale Fiorini
Producción ejecutiva: Sofía Vilaro

Latinoamérica y el 68 cinematográfico

La publicación del libro “Las rupturas del 68 en el cine de América Latina” aporta nuevas y valiosas investigaciones sobre la intensa experiencia audiovisual de esos años

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Coordinados por Mariano Mestman, un colectivo de investigadores y especialistas ha publicado el libro “Las rupturas del 68 en el cine de América Latina”. Su publicación es sin dudas un gran aporte para el conocimiento de una experiencia cinematográfica amplia y profunda atravesada por la radicalización política y los cuestionamientos a las prácticas culturales dominantes.

El ´68 constituye un punto de referencia histórico a nivel mundial, y su impacto en el cine puede encontrarse también en todas las latitudes. De esta forma el libro reconoce una referencia en “Los años que conmovieron al cinema, las rupturas del 68”, una publicación de la Filmoteca Valenciana del año 1988, que recupera la experiencia de las rupturas cinematográficas al calor del Mayo Francés. En el mismo sentido la introducción retoma el concepto aportado por diversos investigadores sobre “la larga década del sesenta”, ubicando el ´68 como un punto central de procesos gestados en años previos y con múltiples repercusiones posteriores que componen un universo común. Así en este período, una experiencia cinematográfica radical puede encontrarse desde los Newsreel de Estados Unidos, pasando por Europa, Latinoamérica, África y hasta los equipos cinematográficos del movimiento estudiantil Zengakuren en Japón.

Este nuevo libro se propone indagar en la experiencia latinoamericana a partir de rescatar particularidades nacionales y reconocer los elementos de continuidad y diferencias que las atraviesan. Lejos de enmarcar la variada producción de esos años bajo un solo título, “cine político”, “cine militante”, “cine experimental” o “nuevo cine latinoamericano”, los distintos capítulos buscan indagar en universos particulares cruzados por una doble dimensión, la radicalización política y la práctica contracultural.

Sin dejar de lado una mirada regional que tiene sus expresiones a través de las míticas Muestras y Festivales en Viña del Mar 1967, Mérida 1968 y nuevamente Viña del Mar en 1969, que expresan los cambios y rupturas a través de los encuentros y debates en ellas realizados, se recorren momentos particulares que atraviesan Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México y Uruguay, junto a trabajos que abordan cuestiones de lenguaje y los diálogos cine-televisión al calor del mayo francés, el 68 mexicano y el Cordobazo argentino.

El ´68 se descubre como punto que concentra los principales hitos del período con ejemplos en distintos países. Es el año del éxito y repercusión mundial de La hora de los hornos de Pino Solanas y el grupo Cine Liberación en el Festival de Pesaro y en Mérida. A diferencia de Viña del Mar en 1967, ya se marca un claro lineamiento en pos de un cine político revolucionario que desplaza a otro tipo de cine más experimental. Estas tensiones son analizadas por David Oubiña en el primer capítulo dedicado a Argentina. Si bien transitaron caminos comunes, las distintas experiencias vanguardistas gestadas en los primeros sesenta entran en tensión con un nuevo cine político militante que emerge con fuerza. La hora de los hornos se enfrenta a Invasión de Hugo Santiago con un guión escrito con Borges durante 1968, para Oubiña son dos ejemplos de estos diferentes grupos. Mientras los cineastas militantes cuestionan el vago compromiso de los cineastas “under”, éstos acusan de pragmatismo a sus oponentes. Más allá del ´68, antes y después pueden encontrarse cruces e intercambios en ambas dimensiones atravesadas por las rupturas políticas y culturales de la época.

México es otro de los escenarios que descubre una intensa investigación realizada por Álvaro Vázquez Mantecón. El movimiento estudiantil es el protagonista del surgimiento del cine militante mexicano y el año 1968 cruzado por intensas movilizaciones y la dura represión de la Plaza de Tlatelolco es un momento de múltiples producciones audiovisuales registradas por las “brigadas fílmicas” impulsadas por los estudiantes. El reconocido documental El grito realizado en forma colectiva por los jóvenes del CUEC-UNAM, junto a distintos cortos, recorren los meses de agosto y septiembre con la movilización y las experiencias culturales inspiradas en ella, la organización del CNH (Consejo Nacional de Huelga) y sus comunicados filmados, hasta el registro de la brutal represión de octubre. El espíritu combativo de los estudiantes se traslada a la práctica cinematográfica y así son capaces de registrar la militarización de la UNAM instalando una cámara en una de las luces traseras de un auto o periodistas que logran ingresar en la cárcel en forma clandestina una cámara para documentar la situación de los presos políticos que puede verse en el film Historia de un documento. Las influencias del ´68 impulsan otras experiencias como la Cooperativa de Cine Marginal, que integró el escritor Paco Ignacio Taibo II, que buscaba especialmente registrar las luchas de los trabajadores contra la burocracia sindical, y realizaron entre otros los cortometrajes Comunicados de la insurgencia obrera.

El capítulo dedicado a Cuba escrito por Juan Antonio García Borrero, propone un análisis de las contradicciones y críticas al interior de la experiencia cinematográfica más avanzada en Latinoamérica, surgida al calor de la revolución. Así, el autor rescata del ´68, distintos films que se permitieron expresar cuestionamientos desde adentro y a favor del proceso revolucionario. La obra Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea o las producciones de Sara Gómez son entre otras analizadas al calor de estas tensiones.

El conjunto del libro aporta originales investigaciones de momentos clave y obras emblemáticas, como también un análisis de experiencias previas particulares como los movimientos de crítica cinematográfica y cineclubs en Uruguay, Chile o Perú que sentaron bases amplias de una mirada crítica de la producción cinematográfica hegemónica. El recorrido abre también nuevos interrogantes acerca de los diálogos e influencias entre las cinematografías locales y las de Europa, Norteamérica y los países de África.

En mayo de este año, el público desbordó el Cine Gaumont para asistir al re-estreno de Los Traidores de Raymundo Gleyzer y homenajes en todo el país convocaron ampliamente un nuevo público atento a conocer parte de esta experiencia histórica. El cine latinoamericano surgido al calor del profundo ascenso obrero y popular de los años ´60 y ´70 dejó una importante huella y es fuente de inspiración y aprendizaje. La doble dimensión de ruptura política y estética, en algunas ocasiones bifurcada y en muchas otras plasmada y unida, no son un objeto de museo sino que mantienen la vitalidad de la época que les dio inspiración. El libro “Las rupturas del 68 en el cine de América Latina” es un aporte destacado para fortalecer la memoria y mantener vivas las necesarias rupturas presentes y futuras.